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Política

Los apuros de un embajador (I)

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Enmanuel Esquea Guerrero

Para conmemorar el vigésimo aniversario de la Declaración de los Derechos del Niño de 1959, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el año 1979 como Año Internacional del Niño. Con ocasión de ese acontecimiento, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) organizó una Conferencia en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York con la presencia de algunas de las Primeras Damas del mundo. La República Dominicana estuvo representada por la esposa del Presidente Antonio Guzmán doña René Klant de Guzmán.

Entre las Primeras Damas del Continente, recuerdo de manera especial a la esposa del Presidente de Costa Rica, la señora Carazo quien al igual que doña René, se destacaba por su amabilidad. Una de las Primeras Damas que llamó mucho la atención, fue la esposa del Presidente de México José López Portillo. La señora López Portillo, cuyo nombre era Carmen Romano, era pianista y se destacaba por su excesivo maquillaje. Alguien me comentó que cuando vino al país acompañando a su esposo para la inauguración del Monumento a Montesinos, exigió que le subieran un piano a la habitación del hotel. En México se dice que hizo lo mismo en París.

Usualmente, a esos encuentros van las Primeras Damas con su personal de apoyo, pero también debidamente protegidas por sus guardaespaldas y según sea el carácter de cada una de ellas y el poder que quieran demostrar, se presentan con un séquito que produce miedo y a veces hasta repulsión, porque queriendo ser más eficientes de lo debido, los guardaespaldas atropellan desconsideradamente a los convidados.

Es una costumbre que durante esos congresos el Secretario General de la Organización organizadora, dedique un agasajo a los participantes y en esta ocasión, el Secretario General de UNICEF quien figura en la foto, no obvió ese protocolo. A esos brindis asiste la mayoría de los participantes a la conferencia y eso hace que se junte mucha gente de forma desordenada y apretujada.

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En este tipo de actividad es donde los encargados de la seguridad se muestran más celosos por su protegido y en este caso especial que se trataba de Primeras Damas, el afán proteccionista era mayor. Sin embargo, el hecho mismo de que se tratara de ese tipo de personalidades exigía una mayor cortesía entre todos.

En mi calidad de embajador ante las Naciones Unidas acompañé a nuestra Primera Dama a ese encuentro sin más protección que los buenos modales. En el mismo momento en que entrabamos al salón, el guardaespaldas de la señora Romano, quizás sin proponérselo, empujó a doña René quien no dio mayor importancia al asunto.

Pero yo no podía permitir que eso sucediera, sin que hubiera una manifestación de protesta. Fue así como me dirigí al protagonista de ese atropello y encarándolo amablemente, le solicité que se disculpara. Su negativa fue tajante y amenazante. Entonces me dirigí inmediatamente, al Embajador de su país Porfirio Muñoz Ledo, quien en tono enfático, llamó al incumbente y le exigió disculparse.

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