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Política

Egos, redes y funcionarios

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Guido Gómez Mazara

Seducidos por el impacto de lo mediático, toda regla ha sido transformada creyéndose el cuento de que la percepción posee la capacidad de engañarnos por siempre. Por eso, el mundo está estructurado alrededor de la fortaleza de lo que se promueve y no en la capacidad de auténticamente cambiar las cosas. ¡Grave error!

Lo falso tiene fecha de caducidad. Desafortunadamente, la escasez en el fondo produce un énfasis en las formas. Y los políticos huecos encontraron en las redes sociales la modalidad exquisita para llenar sus vacíos. Apuestan pura y simplemente a la promoción. Allí no existen ideas, contenidos ni argumentos con la suficiente carga conceptual que los haga trascendentes. Por el contrario, el ejército de opiniones favorables están relacionadas con la inagotable cantera de recursos en capacidad de activar el rufianismo radial, los sicofantes televisivos y la granja de bots. Lo trágico es que, se lo creen, y articulan aspiraciones sin el menor rigor.

Desde hace un tiempo, los propaladores del cártel de políticos, funcionarios y aspirantes, rentabilizan su rol porque sirven de alimento al ego de los que piensan que su «importancia » anda relacionada con la capacidad de vender su imagen vía el amplio espectro de serviles instalados en los medios de comunicación. Eso sí, no leen un libro, desconocen la dinámica de los cambios internacionales, incapacitados en redactar un artículo de opinión y con una escasa cultura general.

Ahora, la sublimación de la ridiculez consiste en edificar una singular noción de la gestión alrededor de ser » popular”. Y para tales fines, alquilan y/o contratan a sicarios de la investigación de mercado en capacidad de lustrar sus respectivos desempeños a fuerza de papeletas, perdón de » encuestas«. Con el cinismo de que, el agraciado, la paga y cree ciegamente en su rigurosidad. Qué timbales.

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Sin darnos cuenta, estamos asistiendo al entierro de la razón, con la gravedad de colocar como patrón invertido una red de parámetros que conducen al éxito sin ningún tipo de relación con los verdaderos valores y calidades. Y casi siempre acontece, en tiempos donde el talento y sentido crítico crispan la franja gobernante. Desafortunadamente, los rieles del descarrilamiento parecen tomar mayor celeridad en las manos de los que, prometiendo cambiar, reprodujeron las prácticas que tanto deseaban combatir.

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